lunes, enero 30, 2012

En Tus Zapatos

Una de las cosas que disfruto al correr es el encuentro con otros corredores o caminantes con quienes compartimos las rutas. El año que pasó no corrí mucho por diversas razones y, entre varias cosas que extrañé, eché mucho de menos cruzarme con esas personas. De algunas sé los nombres y hasta hemos podido conversar un poco. Hay de los muy disciplinados que casi sé que si salgo a correr a determinada hora entonces me los voy a cruzar e incluso puedo adivinar en qué parte de la ruta me los voy a encontrar. No soy como ellos y si se preguntan quién es el tipo que corre siempre con un polo amarrado en su muñeca de la mano izquierda tal y como me pregunto yo por ellos identificándolos por sus características individuales o estilos de correr, seguro pueden confirmar que no siempre me encuentran cuando y donde podrían suponerlo.
Esta semana que estoy volviendo a las pistas luego de cierto tiempo estuve recordando algunos de esos encuentros que tuve con corredores por los malecones o playas de Miraflores, Barranco y Chorrillos, y lo que me dejaron. He tenido encuentros diversos y hubo uno que sin duda fue el más particular y especial de todos.

“En tus zapatos”

Empieza a sonar el despertador muy despacio pero lo tengo cerca y es suficiente. Diablos. ¿Tenía que sonar ahora que estaba durmiendo tan bien? Son las seis y media de la mañana. ¿De qué me quejo? Hace unos años me levantaba antes de las cinco para salir a correr sin importar donde estuviera ni que clima hubiera.


Me levanto de la cama en el mayor silencio posible para no despertar a mi esposa y a nuestro bebé de apenas dos meses que aún duerme en su moisés al lado de nuestra cama. Están durmiendo dulcemente. Beso a mi esposa en la frente y apenas le toco una mano a mi hijo para no despertarlo. Me visto con mi short y polo de correr y salgo del cuarto.
Entro al baño y abro la llave del lavadero. El agua esta muy fría. Me mojo la cara y me miro al espejo. “Regrésate a la cama, ¡ya estás viejo!” parece gritarme con sorna el tipo que me mira a los ojos desde el espejo. No sé si me veo tan viejo pero últimamente siento que el tiempo no sólo ha pasado muy rápido sino que ha dejado huellas claras. Bueno, son otras las cosas que me importan con respecto a la edad que la apariencia física así que me despido del tipo en el espejo diciéndole que empezaremos a vernos más seguido a la misma hora o un poco más temprano aunque eso le disguste.
Me calzo las zapatillas de correr en la sala de la casa y, a punto de salir, me vuelvo para pasar por el cuarto de mis dos hijas. Duermen plácidamente. Cubro con la sábana a la menor que siempre termina descubierta. Le doy un beso en la mano a la mayor que cuelga su brazo desde lo alto del camarote. Se van a levantar pronto así que mejor me apresuro en salir para volver temprano.


Aún no son las siete de la mañana pero ya he llegado al malecón y hecho calentamiento y estiramientos al lado del Faro de la Marina antes de empezar a correr. Es verano pero hoy hay neblina en Miraflores, para variar, pero contra lo que muchos opinan, a mí me encanta. No puede distinguirse el camino a la distancia y correr así es como ir redescubriendo la ruta. A pesar de la neblina que esta vez es tenue y seguro se disipará pronto, ya he comenzado a sudar así que es hora de empezar a correr.
¿Qué ruta tomar? ¿Cuánto tiempo o cuánta distancia correr? Eso es lo que no ha cambiado. No hay plan de vuelo definido para correr. Puedo variarlo en cualquier momento si así lo deseo y esa sensación de libertad es la que me ha mantenido corriendo por años.
Mi paso es lento, pausado. Estoy corriendo hacia el Puente Villena pasando al lado del Parque del Amor y voy rumbo a Barranco. A pesar de la neblina parece que el sol saldrá hoy. Prefiero el paisaje de las madrugadas pero por ahora correr a esta hora estará bien.


Estoy a mitad del puente y si fuera de madrugada seguro me cruzaría con un señor que podría estar cerca de los ochenta años y con quien siempre me encontraba aquí si es que eran las cinco y media de la mañana de no importara qué día. Era un hombre alto de cabello corto y completamente blanco y siempre dispuesto a sonreír saludando con voz grave pero muy amistosa mientras levantaba su mano. Por su mirada y apariencia siempre pensé que podría haber sido un sacerdote de origen europeo. Nunca lo supe. Siempre nos cruzábamos y luego de saludarnos cada uno seguía su camino deseándonos buen día. Es muy tarde para encontrarlo hoy pero, en su lugar, me cruzo con una pareja, hombre y mujer, a quienes puedo calcularles setenta años más o menos y están compartiendo un paseo conversando muy amenamente. Me da mucho gusto verlos así. Debe ser lindo llegar a esa edad con la compañía de toda la vida. No los conozco pero igual los saludo. Ellos me sonríen y corresponden mi saludo.


Paso ahora delante de una estatua de la Virgen María que está en el malecón. Parece no importar la hora que sea siempre se encuentra gente rezándole. Me santiguo y ni bien la dejo atrás entro a unas curvas desde las cuales se tiene la vista de las playas de Miraflores, Barranco y Chorrillos hasta el Morro Solar. Ha pasado muy poco desde que partí pero la neblina casi se ha despejado por completo. Las olas del mar se ven como delgadas rayitas blancas que avanzan lento hasta llegar a la orilla para desvanecerse. Hay algunos botes de pescadores, algunos tablistas y muchos autos en las pistas de la Costa Verde que sigue sin ser lo verde que debería para hacer verdadero honor a su nombre.


Ya terminé las curvas pasando por el pequeño Parque Letonia que recuperó la municipalidad hace poco al que incluso le han instalado algunas máquinas para hacer ejercicio pero ya no encuentro placa alguna que recuerde el nombre del parquecito.
Estoy por llegar a Larcomar. Un par de años antes de la llegada del siglo XXI si corría por aquí podía decir que estaba llegando al Parque Salazar. Aunque los diseñadores del moderno centro comercial que hoy es el punto de reunión de personas de todas las edades se esforzaron por dejar áreas verdes donde antes estaba el tradicional parque, la verdad es que no quedó ni huella del verdadero y antiguo parque miraflorino sino su antigua escultura que parece la cabeza de un cóndor y que es el monumento a un héroe de la aviación peruana en cuyo honor se le dio nombre al parque. Esa escultura se ha visto forzada a ceder protagonismo a tres enormes y horrorosas chimeneas que son los ductos de ventilación para los estacionamientos subterráneos del centro comercial.
Siendo jueves y más de las siete de la mañana, ya hay mucha gente por aquí. Caminan ejecutivos hombres y mujeres con sus trajes apurando el paso para llegar a alguna reunión o desayuno de trabajo por ahí cerca. Soy de los pocos corredores que pasan por Larcomar en este instante. De madrugada era usual encontrar otros corredores aquí y no solo me cruzaba con deportistas sino que si era sábado entonces en las veredas del parque se agrupaban jóvenes que salían de la discoteca del centro comercial. Las chicas descalzas con sus zapatos de taco en la mano y andando como pueden esperando que alguno de sus amigos, probablemente el más sobrio o el menos ebrio, termine de negociar con el taxista de turno para poder partir rumbo a casa a descansar durante el día lo que significó una muy larga noche de juerga. Por supuesto que no faltaban los saludos o gritos e improperios de algunos al verme pasar corriendo a esa hora. Yo les sonreía y les saludaba igual. Al fin y al cabo lo real es que vemos la vida desde veredas distintas y cada quien se debe divertir a su manera.


En ese tiempo también me cruzaba con grupos de numerosos corredores que siguen sus planes de entrenamiento en estas rutas. Yo prefiero no correr así pero es interesante ver esas decenas de corredores que se divierten compartiendo en un ambiente de camaradería especial. La mayoría parecían tomarse esto del correr muy en serio sea por el deporte en sí o para reunirse y conocer otras personas con la misma afición. Me cruzaban con ellos cuando corría rutas largas los fines de semana. Los saludaba, me saludaban. Seguro ellos se han preguntado por qué corro solo en vez de unirme a un grupo. Lo hice por una temporada de verano y comprobé que prefiero y disfruto mucho más la compañía reducida y también hacerlo solo.
Aquí en Larcomar también me cruzaba a las seis de la mañana con un hombre de raza negra, un africano que lideraba (supongo que lo sigue haciendo) un grupo de corredores que empezaba su entrenamiento en este sitio. El atleta africano es muy conocido. Dicen que vino a correr al Perú y decidió quedarse. Lo saludaba y él me saludaba con su blanca y amistosa sonrisa mientras encabezaba al grupo que entrenaba. Nos cruzábamos al empezar y a veces nuevamente a las siete cuando él y su grupo terminaban en Larcomar. Hubo algunas veces que ese mismo día lo volvía a ver por la Costa Verde a las once de la mañana cuando yo conducía mi auto por ahí y él estaba solo y corriendo a un paso diferente y mucho más ágil del que llevaba cuando entrenaba en grupo. Seguro era su propio entrenamiento. El africano parece una gacela y sin duda debe competir por los primeros puestos en las carreras que se llevan a cabo anualmente.


Pasando Larcomar entro a esta parte de la ruta que me gusta mucho. El Parque Domodossola. Es un parque que con el tiempo se ha embellecido, a diferencia de su vecino el desaparecido Parque Salazar. Domodossola es la localidad italiana donde se estrelló el aviador Jorge Chavez en el primer cruce aéreo de los Alpes hace un siglo. Una vez hice una exposición sobre este ilustre aviador y me enteré, para mi sorpresa, que no nació en Perú sino en Francia aunque sus padres sí eran peruanos de nacimiento. Nunca visitó nuestras tierras y sólo hablaba francés pero no necesitó vivir aquí para amar nuestro país. En todas las competencias aéreas en las que participaba en el viejo continente él siempre se inscribía como piloto de nacionalidad peruana y llevaba pintada en las alas de sus pioneras máquinas voladoras la bandera del Perú.
Realmente me gusta pasar por detrás de la iglesia Virgen de Fátima y recorrer este parque y el resto del malecón acompañado de la impresionante vista al mar hasta llegar al puente de la bajada de Armendáriz que une Barranco con Miraflores.


Termino el malecón pero sigo de largo y no desciendo la quebrada de Armendáriz hacia la playa sino que sigo por arriba rumbo al puente. Ahí pasa un ciclista apurado, parece escapado de alguna carrera. Ahí pasa otro que va de paseo disfrutando música de su reproductor portátil y aislado completamente de lo que pasa a su alrededor. Su cuerpo esta aquí pero su mente con seguridad no. Termino el puente y la curva de entrada a Barranco y distingo sobre el asfalto una muy antigua marca hecha con pintura amarilla en la pista que dice “7 Km”. Llevo un poquito más de tres kilómetros recorridos desde donde partí. No hay personas cerca salvo por una mujer mayor que esta paseando un perro pequeño de colores blanco y motas marrones y que es de una raza que no reconozco. La verdad es que no soy bueno para eso y conozco muy pocas por nombre.
En este lugar también me cruzaba con mucha frecuencia con una mujer que creo sería más o menos de mi edad y a quien se notaba que era muy deportista. Por su apariencia era fácil deducir que ella era de aquellas corredoras que definitivamente llevan mucho tiempo corriendo o al menos esa es la impresión que me daba. Si yo había partido cerca de las seis de la mañana, entonces con ella me cruzaba justo aquí. Ella corría acompañada de otro o de un par de corredores, hombres o mujeres que no siempre eran los mismos. De estatura mediana y cabello corto color castaño oscuro, lo que me llamaba la atención es que ella corría siempre con lentes para sol. Nunca la vi correr sin esos lentes aún cuando las mañanas fueran oscuras. Nos saludábamos, siempre cruzándonos, sonrisas amables y buenos deseos para ese día.


Ahora ya estoy corriendo en pleno distrito de Barranco y pasando por estos parques muy bien cuidados que adornan su malecón. A mi izquierda tengo un edificio que se construyó donde era la casa en la que vivió el escritor peruano Mario Vargas Llosa quien fuera galardonado con el premio nobel de literatura hace un par de años. Dicen que ocupa uno de los departamentos de ese edificio cuando visita Lima. Cuando yo estaba en cuarto año de secundaria fui obligado a elegir leer entre su novela “La guerra del fin del mundo” o “Cien años de soledad” del colombiano Gabriel García Márquez. Siendo completamente honesto, elegí la de García Márquez pero de los cien años sólo llegué a la página siete y no pude seguirla. Sé que esa novela es una referencia de la literatura hispanoamericana pero a mí no me gustó y no pude continuar a pesar de intentarlo un par de veces. Entonces no me quedó otra que leer las quinientas y pico páginas de la novela de don Mario. Yo leía mucho en esa época, pero creo que mi indisposición se debía a que se trataba de una tarea escolar y había que hacer todo un tedioso trabajo de análisis de fondo y forma de la novela. Años después volví a leer “La guerra del fin del mundo” ya por interés personal y llegué a disfrutarla. Volví también por “Cien años de soledad” pero volví a quedarme en la página siete. Mis disculpas a don Gabriel. Quizá más adelante vuelva a intentarlo


Escuché decir hace tiempo que para ser artista, músico o escritor hay que estar un poco loco. No lo sé. Creo que todos tenemos algo de locos cuando nos dejamos llevar menos por la cabeza y más por el corazón pero para ello no es indispensable o necesario dedicarse a las artes. Hablando de ello, si salía a correr a horas inusuales, pues ocurría algo inusual. Una vez salí a las cuatro de la madrugada pues no podía dormir y me crucé con un muchacho que estaría en sus veintes cuando yo ya me acercaba a los cuarentas. Él era muy delgado, típico cuerpo de atleta de fondo. Me parecía más un joven cantante de rock por sus largos cabellos rubios. Su mirada era la de quien parece tener la cabeza puesta en otra cosa que no en lo que esta haciendo o diciendo en ese mismo momento. Con él sí conversé. Claro, así como para mí era rarísimo encontrarme con alguien a esa hora seguro para él también ocurría lo mismo al verme a mí. Compartió conmigo que cuando empezó a correr tenía el sueño de traer la primera medalla de oro olímpico en atletismo representando al Perú en carreras de fondo pero que había entrenado tanto que se había vuelto un corredor compulsivo y se consideraba una especie de enfermo o adicto a correr lo cual le había afectado negativamente en su vida según me contaba ya que no lograba concentrarse en nada a menos que hubiera corrido lo suficiente, y lo suficiente cada vez se hacía más y más prolongado. Después su sueño era ir a Oregon en los Estados Unidos y correr por las rutas por las que lo hacía el legendario atleta norteamericano Steve Prefontaine, un corredor de esos que sin ganar una medalla olímpica se convirtió en leyenda por su manera tan frontal de correr, sin guardarse nada desde el disparo de partida hasta cruzar la meta. Escuchando la pasión con la que mi joven compañero hablaba no me pareció que fuera enfermo de correr pero sí un poco loco. De hecho esa madrugada seguí su extraña ruta que incluía trepar los acantilados de la cuesta de Armendáriz. Fue una experiencia muy especial y tan inusual como irrepetible en mi caso y es que correr entre ratas que se esconden por la maleza y arbustos húmedos no es la forma en la que me gusta disfrutar este deporte. Una siguiente madrugada de insomnio me crucé con él otra vez justamente aquí en esta parte del malecón de Barranco y él ya había cambiado las zapatillas de correr por los patines en línea. “Así puedo prolongar el ejercicio por más horas y calmar mi ansiedad y necesidad de sentir adrenalina…” me decía y creo que hay un poco de eso para mí también cuando corro.


Todavía sigo por el malecón de Barranco y entro a esta recta que es larga y que termina casi en el Puente de los Suspiros, manteniendo la hermosa vista al mar a la derecha. Es increíble la cantidad de edificios que han construido por aquí ahora. Paso por delante de la residencia de la embajada de Australia. Ya hace un poco de calor y estoy sudando bastante. En otros tiempos recién estaría calentando a estas alturas pero ahora menos de cinco kilómetros son suficientes para ya hacerme sudar considerablemente. Ahí viene un corredor en sentido contrario y vaya que viene realmente rápido. Usa de esos relojes que tienen un controlador del ritmo cardíaco. Se puede saber eso porque se nota la cinta que lleva al pecho debajo del polo de correr y el pequeño transmisor negro que sobresale un poco al centro. También he usado estos aparatos pero aunque me pareció muy útil por un tiempo, terminé aburrido de hacerle caso a los bips del relojito que me decía cuando estaba corriendo demasiado rápido o demasiado lento. Me gusta correr y mucho, pero ya me di cuenta que no me gusta depender de aparatos para medir o controlar mi performance corriendo. Lo que sí me gusta es disfrutar de buena música si voy solo y la ruta es larga.


Cuando por alguna razón salía a correr un poco más tarde como ahora, a veces me cruzaba por aquí con una muchacha que corría usando una gorrita negra por sobre su largo cabello lacio y castaño que llevaba atado en una cola de caballo. Siempre la veía correr sola y a un ritmo bastante intenso. Cuando nos hemos cruzado ella pasa realmente muy rápido y la veo muy concentrada en lo suyo, abstraída del lugar y del entorno. En esos momentos no es necesario un saludo con voz. Una mirada y un leve asentir con la cabeza suele ser suficiente. Yo también me he sentido así muchas veces y disfruto ese al que llamo mi instante conmigo. Ahí está ella. Justo apareció de nuevo y me acaba de pasar muy rápido, como siempre. Ahora se esta alejando velozmente y me doy cuenta que voy muy lento y me provoca acelerar el paso. Ella bien podría ser como un venado que corre en el bosque que no parece rápido a lo lejos porque da la impresión de que no se estuviera esforzando pero una vez que pasa cerca se nota su rapidez y también se nota que mantener esa velocidad constante no le resulta complicado, casi como el correcaminos… pero a mi sí me cuesta ahora, casi como al coyote… Lo bueno es que ya he empezado a entrenar de nuevo aunque aún ande un poco lejos de volver a despertar leones corriendo y me encuentre más cerca de sólo despertar gatos techeros.


Fue corriendo por aquí una madrugada que tuve la idea de escribir “Despertando al león del sur”. Unos días antes se me había ocurrido correr hasta la playa “León Dormido” pero fue esa vez que me vino la idea de correr esos sesenta kilómetros y escribir sobre la experiencia.


En estas correrías matutinas se me ocurren algunos pensamientos, frases, o ideas para escribir que me parecen interesantes. No siempre ocurre. A veces son cosas raras que no tienen ni pies ni cabeza pero les presto atención y otras veces simplemente no entiendo lo que pasó por mi cabeza y entonces descarto esos pensamientos. Una mañana hace más de un par de años hubo una frase popular que de repente despertó en mi mente al correr: “Ponerme en los zapatos de los demás”. Nada nuevo con la frase cuyo significado me explicaron de pequeño que no quería decir literalmente pedirle prestado sus zapatos a alguna persona y ponérmelos a ver si me quedaban. A esa temprana edad yo lo tomaba de esa manera literal. Repetí la frase en voz alta y recordando lo que pensaba de niño ahora sí me lo quise tomar literal y me imaginé calzándome los zapatos de otras personas y que a lo mejor ni me gustarían, o que podían ser nuevos o viejos, formales, deportivos, casuales, limpios, sucios, gastados o que me quedarían chicos, grandes o exactamente a mi medida. Se me ocurrieron muchas cosas sobre los zapatos y las personas. Por ejemplo, pensé en la poca cantidad de zapatos que por lo general usamos los hombres, a veces dándole múltiple uso a un mismo calzado, y la, por lo general, casi innumerable cantidad de zapatos que tienen las mujeres y quizá hasta para uso exclusivo de determinado evento o situación para el cual además hay un atuendo específico para ese calzado. Se me ocurrió pensar en esas zapatillas deportivas de marca con alguna característica especial para desempeñarse en determinada disciplina deportiva pero que las personas sólo las compran por que son bonitas aunque paguen mucho más solo por el gusto de calzárselas. Resulta que una zapatilla que fue diseñada para correr un maratón termina siendo algo así como subutilizada igual que esos botines para escalar o hacer trekking que la gente usa para vestir una apariencia aventurera aunque sólo sea para quedarse con la apariencia ya que únicamente las utilizan para subir las escaleras eléctricas en algún centro comercial.
La verdad suena tremendamente trivial escribir sobre zapatos pero es que así me venía una avalancha de pensamientos sobre eso y entonces me detuve en ello para imaginarme lo que sería que al “ponerme en los zapatos de los demás” esos zapatos pudieran contarme sus experiencias por los diferentes suelos y caminos que han recorrido y pisado en determinadas circunstancias, y que me sintiera quizá identificado o relacionado o coincidiendo con la experiencia del dueño de esos zapatos. Entonces pensé en esta otra frase: “Para comprender a otra persona hay que ponerse en sus zapatos… el problema es cuando esta persona anda descalza”. Me pareció una tontería y me reí de mí. Ya estoy pensando demasiada tontería, me dije. Y entonces ocurrió que a los pocos minutos después de pensar eso me crucé con un tipo que corría descalzo.


Como ahora, yo estaba por llegar a la última curva antes del puente que conduce a la plaza principal de Barranco y él venía en sentido contrario. Antes de percatarme que venía descalzo me había llamado la atención porque lo veía correr sin polo y solo en short. Era un señor que pasaba los sesenta años definitivamente. Lo escuchaba como recitando salmos mientras corría descalzo por la pista a ritmo pausado y extendía sus brazos como si fueran alas y luego los elevaba al cielo junto con su mirada y seguía corriendo. Pasé por su lado y lo saludé
- ¡Buen día señor!
- ¡Buenos días jovencito! – me saludó efusivamente y con alegría contagiosa y ambos seguimos nuestro camino.


Esa vez seguí corriendo aunque me quedé pensando en él. Seguro era algún loco de esos que quedan por las calles sólo que a este le dio por correr en vez de beber, o robar o sabe Dios que otra cosa. Correr sin zapatos por al asfalto o el cemento de la vereda debe ser muy incómodo pero a él se le veía muy tranquilo.


Bueno, ahora sigo corriendo por aquí donde lo vi esa primera vez y aunque no lo he visto en este momento sigo recordándolo y es que me crucé con este señor varias veces más y descubrí que corría desde algún punto de Barranco y hasta por lo menos los límites de San Isidro y Miraflores. Todas las veces lo vi descalzo y sin polo. Imaginé que sus pies deben tener ya una suela natural porque la distancia que debía estar recorriendo diariamente podría estar entre los diez y quince kilómetros con facilidad.


Cruzo el puente que lleva al parque principal de Barranco, paso por detrás del antiguo vagón de ferrocarril que es un restaurante y café cultural llamado “Expreso Virgen de Guadalupe” y sigo por esa calle hasta encontrar la marca pintada en el suelo que dice “9 Km”. Si vuelvo a casa desde aquí serán un poco más de diez kilómetros de recorrido y no esta mal para haber empezado a correr después de algún tiempo. Vuelvo tras mis pasos y voy recordando a este corredor descalzo y la manera en que lo conocí.
Era invierno y de madrugada todavía y el frío que hacía en Lima era increíble e inusual pero ese fue de los inviernos más duros que se han sentido en muchísimos años que yo recuerde. Salí a correr y casi me vuelvo las escaleras del edificio en el que vivo cuando estaba por empezar. El frío era excesivo. Me animó el que había una llovizna tenue y si hay algo que me gusta es correr y sentir que me moja la lluvia. Como en Lima prácticamente nunca llueve, tener la suerte de que hubiera esa llovizna me terminó de convencer de salir a correr y aguantar el frío.
Entonces, corría por el malecón de Miraflores a la espalda de la iglesia Virgen de Fátima y, a un lado y apoyando sus manos sobre el muro de ladrillo del malecón, volví a ver al hombre con el torso desnudo y descalzo. Estaba contemplando el mar en silencio. Noté su espalda mojada y ni qué decir de sus pies. La llovizna mantenía el suelo mojado y con algunos charcos. Yo también estaba mojado por mi sudor y la llovizna y además la temperatura baja hacía necesario no detenerme y continuar para no enfriarme. Pero ahí estaba él. Me detuve al alcanzarlo y me acerqué:
- Buenos días señor… - le dije con cierto temor de que estuviera interrumpiendo su meditación o su silencio. Pero él volteó y me miró feliz:
- ¡Buenos días jovencito! ¡Mira esta maravilla! ¡Esto es un regalo! –decía efusivamente mientras inspiraba suave, larga y profundamente y luego exhalaba con energía. – ¡Esto es un regalo de Dios! Sólo hay una cosa mejor que esta vista del mar desde aquí.
- ¿Qué cosa? – le pregunté
- Un amanecer que vi en la playa la Herradura. Una vez corrí por allá muy temprano y cuando salía el sol, vi dos delfines saltando – decía con mucho entusiasmo mientras con su mano indicaba el número dos para enfatizar la cantidad de delfines que había visto.
- Jovencito, cómo no empezar el día sintiéndome feliz si puedo disfrutar de esta vista del mar y de esta frescura que cae del cielo. – decía extendiendo los brazos como para que la llovizna lo abrazara.
La felicidad que este hombre podía sentir no era grande o enorme, era simplemente gigantesca. Debe estar loco, seguramente. Dicen que los locos son muy felices. Él es de esos que comprueban el dicho, estoy seguro, pensé.
- Mira, aquí tengo un polo para que te pongas. Hoy llueve y hace frío. ¿Por qué corres sin polo y sin zapatillas? Te puedes resfriar y enfermarte. – le dije preocupado mientras le daba el polo adicional que siempre llevo para cambiarme al terminar de correr..
- No te preocupes jovencito. – me respondió prácticamente quitándole toda importancia a la posibilidad de enfermarse.
Le insistí en que se quedara con mi polo y me lo recibió agradecido pero no se lo puso. Nos despedimos y yo seguí corriendo para volver a calentarme mientras él seguía de pie sobre la vereda mojada y observaba embelesado al horizonte con las gotas de la llovizna mojándole la espalda.


Pasaron algunas semanas y otra vez salí temprano, y otra vez el mismo clima, la misma llovizna… y otra vez me encontré con él en el mismo lugar. No llevaba el polo que le había regalado y seguía hablando en voz alta mientras avanzaba descalzo y sonriente por la vereda. Las personas lo saludaban y el respondía con su habitual alegría y optimismo diciendo “buenos días jovencito, buenos días jovencita” aunque muchas de esas personas, al igual que yo, hace rato que dejamos de ser jovencitos. Esa vez al saludarlo le pregunté su nombre:
- Me llamo Carlos Zárate – me dijo con su voz particular debido a la notoria falta de muchos dientes. – ¿y tú como te llamas jovencito? – me preguntó inmediatamente y me sonreí por la coincidencia:
-Yo también me llamo Carlos. Carlos Campos. – le respondí.
- ¡Carlitos Campos! ¡Mucho gusto jovencito! ¡Eres mi tocayo!
Le di la mano e intenté un abrazo y el me correspondió muy contento.
- ¡Ese es mi tocayo! – decía Carlitos Zárate contento y yo estaba sorprendido de verlo así. – Te quiero pedir un favor – me dijo y de inmediato quise adivinar lo que iba a pedirme y me lamentaba de no haber llevado dinero que seguramente le haría falta pero yo estaba muy equivocado. Él me dijo:
- Tocayo, tienes que apreciar este lugar. No solo tienes que mirarlo y ver que es un maravilloso regalo de Dios. Tienes que respirar este lugar. Mira, así como yo. – e inspiró profunda y largamente cerrando los ojos y elevando el rostro al cielo mientras mantenía el aire unos segundos y luego lo soltaba. Sorprendido una vez más, hice lo mismo pero con cierta timidez.
- No pues, así no tocayo. Tienes que tomar el aire para que entre en todos los rincones de tu cuerpo, ¡así! – me dijo y repitió la acción anterior invitándome a imitarlo y esta vez sí lo hice. Expulsar el aire como lo había hecho él me produjo una sensación de tranquilidad, quizá hasta de cierta paz. No lo había hecho antes así.
Nos despedimos nuevamente y cada uno siguió su rumbo. Mientras me alejaba yo me preguntaba cómo sería correr sin zapatos y sin polo. Este hombre va más allá de un simple tipo que quiere lucir extravagante. Él corre así porque así lo siente y es auténtico. Dicen que trabaja ayudando en la limpieza de una parroquia en Barranco y que con eso recibe lo que necesita para vivir. Él dice que la felicidad no se encuentra fuera sino dentro de uno mismo y esas son palabras que hoy se escuchan por montones por todas partes pero que pocas personas interiorizan mientras él es una muestra en carne y hueso de alguien que no tiene que repetir la frase en voz alta porque el la vive cada día. Nunca lo he visto serio, triste o preocupado. Siempre sonriente y feliz.


Otro día nos volvimos a cruzar después de mucho tiempo porque yo había dejado el Perú por casi medio año e incluso a mi vuelta no había estado corriendo mucho. Ese año estaba pasando por muchísimas complicaciones en lo personal, familiar, económico y de salud. Se había juntado todo aquello que recuerdo que quería evitar a principios de ese año y justamente todo eso ocurrió, tal cual. Todo lo que no quería que ocurriera ocurrió. Fue mi tormenta perfecta. Aún no aprendía que debo vivir para hacer que ocurran las cosas que quiero y no para evitar las que no quiero. Mi ánimo no era el mejor y esperaba que correr esa madrugada me diera ese espacio que necesitaba para no abrumarme con mis problemas al menos por el tiempo que hacía ejercicio. No soy de los que piensa que correr me ayudará para pensar en mis problemas y encontrar la solución. No me ocurre eso. Cuando corro pienso en un millón de cosas diferentes que no tienen nada que ver con buscar soluciones a problemas. Corro para sentir esa corrida con mi alma más que con mi cuerpo y me concentro en lo que veo alrededor, en mi respiración, mis pasos, la gente, la música que escucho… hasta que llega este instante que es como cruzar un umbral y estoy completamente desconectado de las cosas que ocurren en mi vida. Es como entrar a otra dimensión. Disfruto mucho esa sensación. Siento como que al llegar a esa instancia mi interior se limpia, se lava, se relaja y comulgo conmigo. Quizá es eso lo que busco cuando corro y me canso. Es gratificante sentir el cansancio físico a cambio de ese entusiasmo, satisfacción y gozo interior.
Ese día corría largo y estaba molesto. Ese día a pesar de la llovizna no llegaba a sentirme tranquilo y disfrutar del momento. Estaba renegando de mi situación y no podía sacar de mi cabeza todos los problemas que tenía. Era de madrugada una vez más y veo a mi siempre descalzo amigo en ese mirador en el malecón de un parque al final de la avenida Pardo de Miraflores disfrutando de respirar el lugar y lo saludo.
- ¡Carlitos Zárate del Perú y del mundo! – le grité contento de verlo de nuevo pero dudando que me recordara. Había pasado buen tiempo desde nuestro último encuentro. Para mi sorpresa me respondió:
- ¡Ese es mi tocayo! ¡Carlitos Campos! ¡Has vuelto! ¡Has regresado de Francia!
Lo abracé y el también. Me sorprendí que supiera incluso de donde había regresado y recordé que en mi ausencia mi esposa lo había visto un par de veces. Como yo se la había presentado entonces él le había preguntado por mi y ella le había contado lo de viaje.
- Sigues sin abrigarte Carlitos – le comenté y él me dijo:
- Dicen que estoy loco, pero a mi no me importa que digan eso. Prefiero que me vean loco porque estoy feliz a que me vean normal y triste como tantas personas que andan por ahí. Yo corro así porque quiero sentirlo todo.
No pude sino sonreír contagiado por su desbordante entusiasmo que contrastaba tanto con mi ánimo y preocupación de ese día. Él quería sentirlo todo y yo quizá estaba queriendo evitar sentir y me hacía el duro para seguir adelante y pasar por encima de los problemas sin vivirlos. Luego de no haber conseguido trabajo por casi medio año ahora tenía uno que había aceptado porque no tenía otra alternativa pero me encontraba quebrado, endeudado y lo que ganaba era de lejos insuficiente para cubrir las necesidades básicas de mi familia. Estaba en la última lona como se suele decir. Pero no sólo estaba quebrado económicamente. Mi espíritu también lo estaba. En ese momento yo tenía calzadas mis zapatillas de correr y Carlos Zárate no, pero cómo deseaba poder ponerme en sus zapatos y sentir la enorme y profunda felicidad que sentía él. Me miró, no sé si dándose cuenta de lo que yo sentía, pero me dijo:
- Tocayo, ¿no es una maravilla este sitio? Te hace falta sentirlo y respirarlo… - me dijo e inspiró como él sabe hacerlo, con el torso desnudo, descalzo, alzando los brazos y la mirada al cielo. Yo hice lo mismo, más de una vez. Mis problemas no se desvanecieron, pero me sentí realmente mucho mejor. Mientras hacía el ejercicio de la respiración, sin proponérmelo, pensé en mis muchas bendiciones, logros y sueños cumplidos. Mi increíble esposa, mis adoradas hijas, mis padres, mis hermanos, mis amigos, mi salud y la de los míos, mis amigos, mi empleo, mi casa, la gente que me había ayudado, la gente que yo había podido ayudar, las cosas que había podido hacer en mi vida, los viajes por muchos países, correr maratones inventadas y hasta una ultra maratón, trepar montañas y sentarme en la cumbre, dormir en la nieve, saltar en paracaídas con Úrsula antes de casarnos cuando era mi enamorada, aprender a volar un aeroplano, haber publicado un primer libro… Dándome cuenta de todo ello di gracias al cielo y luego le estreché la mano a Carlitos Zárate diciéndole:
- Gracias por estar aquí el día de hoy.
- ¡De nada tocayo! ¡Que tengas un excelente día! – me respondió.
- ¡Tú también! – le dije y reanudé mi carrera.

Ya estoy llegando otra vez al puente de la quebrada de Armendáriz para salir de Barranco y volver a Miraflores. Me siento un poco cansado pero estoy bien. Hoy terminaré estos diez kilómetros en un poquito más de una hora. Entro a Miraflores y estoy llegando al Parque Domodossola otra vez y ahí esta él, descalzo y con el torso desnudo disfrutando del paisaje. Parece que no soy el único que está saliendo tarde a correr estos días.
- ¡Carlitos Zárate!
- ¡Ese es mi amigo, mi tocayo… Carlos Campos!
Me detengo, nos damos la mano y un abrazo y él me regala su amistosa y desdentada sonrisa mientras me pregunta:

- ¿Ya respiraste este maravilloso lugar?


Calo.





0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Usar "comentar como" Nombre/URL y solo es necesario colocar su Nombre.